Cuando una persona está preocupada por algún motivo es muy difícil que ella sola encuentre la energía, vitalidad y motivación necesarias para hacer de su vida una mejor y ver los acontecimientos desde nuevas perspectivas. Sin embargo, si esta preocupación continúa a lo largo del tiempo la calidad de vida tenderá a empeorar, provocando que surjan nuevos problemas.
En este artículo comprenderemos por qué existen las preocupaciones, de qué manera nos afectan y, además, descubriremos el método infalible para reducirlas al máximo y lograr que nuestra vida empiece a brillar.
Por qué existen las preocupaciones
Las preocupaciones son un mecanismo de defensa de nuestra mente. Esta última se encarga de poner nuestro cuerpo en modo de alerta ante situaciones que le parecen potencialmente peligrosas para nuestra integridad física.

Nuestro cerebro prehistórico
Lo primero que deberíamos comprender es que, actualmente, vivimos en un mundo muy cambiado y distinto con respecto al de nuestros ancestros de la prehistoria.
Hace unos 15000 o 20000 años todo era muy diferente: Existían tribus rivales que estaban dispuestas a matarte por el simple hecho de pisar su territorio. Además, los animales salvajes abundaban y deambulaban a sus anchas dispuestos a devorarte en caso de que te encontraras en su camino, sin contar el hecho de que encontrar comida diariamente resultaba todo un desafío.
Debido a las condiciones tremendamente complicadas en las que vivieron esos humanos prehistóricos, la evolución nos acabó encaminando a tener ciertas características tanto físicas como mentales que nos permitieron sobrevivir en estos lugares tan inhóspitos y complicados. Es más, podríamos decir que, gracias a ello, el ser humano a día de hoy sigue en el planeta tierra.
Nuestro entorno cambió, pero nosotros NO.
En estos últimos milenios la relación entre el ser humano y su entorno cambió radicalmente. Se construyeron casas, ciudades y lugares seguros para la mayoría de las personas. El ser humano se «civilizó», los animales peligrosos prácticamente se extinguieron y la comida empezó a fabricarse en abundancia. Todas las situaciones extremas y amenazantes a las que estaban acostumbrados los humanos del pasado se modificaron radicalmente.
Sin embargo, todavía, a día de hoy, sigue habiendo algo que no evolucionó de la misma manera.
A pesar de que todo nuestro entorno cambiase de manera radical, nuestro cuerpo y mente siguió siendo el mismo con el que contaban los homos sapiens prehistóricos.
Eso se debe a que, para que un ser vivo como el ser humano evolucione significativamente, es necesario que transcurran decenas de miles de años.
Por lo tanto, podemos afirmar que, a pesar de vivir en un lugar muy diferente al que nuestros antepasados prehistóricos se enfrentaron, aún retenemos y contamos con muchos elementos del pasado en nuestros cuerpos y cerebros. Y es que precisamente algunos de estos elementos son el miedo y las preocupaciones que tanto daño está causando a la sociedad actual.
El mecanismo de lucha y huida
Uno de los sistemas que hemos heredado de nuestros ancestros, y que ayudó a nuestros antepasados lejanos a sobrevivir, es el famoso mecanismo de lucha y huida.
Para entenderlo fácilmente, podemos decir que este mecanismo es el encargado de provocar ciertas modificaciones en nuestro cuerpo cuando este detecta una amenaza que supuestamente podría poner en peligro la vida del individuo en cuestión. Estos cambios tienen el fin de llenarnos de energía extra y volvernos súper poderosos con tal de poder afrontar satisfactoriamente el peligro.
Algunas de las causas que activaban el mecanismo de lucha o huida en el pasado podrían ser: encontrarse frente a una manada de lobos, tener que enfrentarse con un tigre, o verse inmerso en una pelea a muerte con otro ser humano.
Delante de dicha situación de peligro el sistema se empieza a preparar para una reacción inmediata, en primer lugar con la activación de diferentes partes del cerebro, como el cuerpo amigdalino, y posteriormente liberando diferentes mensajeros químicos al torrente sanguíneo, como el cortisol o la adrenalina, con el objetivo de aumentar la acción cardíaca y pulmonar, incrementar la presión sanguínea, disparar los niveles de azúcar en sangre y acelerar la irrigación sanguínea hacia los músculos, entre otros.

Además de crear todos estos cambios físicos, el sistema de lucha y huida (con el objetivo de centrar todos sus recursos disponibles para maximizar las posibilidades de salvar tu vida en ese momento) bloquea varios procesos no esenciales para sobrevivir a corto plazo, tales como la digestión, el sistema inmunológico, la memoria o el pensamiento racional.
En resumen, lo que hace este sistema es aumentar la disponibilidad de azúcar y oxígeno para las células (la energía), así como incrementar la fuerza y la velocidad de los músculos. Todo eso con el objetivo de poder luchar contra el peligro con cierta posibilidad de ganar o que, por lo menos, pueda huir corriendo y poniéndose a salvo.
Ahora mismo te podrías estar preguntando: Qué interesante, me alegro y, menos mal que los humanos prehistóricos hayan tenido ese increíble sistema de salvarse la vida, pero… ¿De qué me sirve a mí saber todo eso hoy en día?
La verdad es que este mismo sistema de lucha o huida sigue dentro de nosotros y, aunque no vivamos en un mundo donde nuestra vida peligre cada cinco minutos, este sistema se sigue activando continuamente en nosotros, en los humanos “modernos”, causando diferentes problemas de los cuales, tal vez, no seas ni consciente.
La preocupación, el virus de la mente
En este momento, todos nosotros nos encontramos en este punto, somos seres humanos con cuerpo prehistórico viviendo en un mundo moderno. Nos preocupamos constantemente por problemas irrisorios y activamos ese sistema de lucha y huida ante cualquier mínima tontería.

Algo que deberías tener muy claro es que este sistema de lucha o huida «evolutivamente hablando» solo había sido creado para activarse ante situaciones en que tu vida estuviera en un peligro real de muerte. En cambio, debido a que hoy en día vivimos circunstancias muy diferentes a las que se vivían en el pasado (por ejemplo, el estrés laboral) y que casi no experimentamos situaciones que pongan nuestra vida en peligro de muerte, este sistema se encuentra descontrolado y se activa ante cualquier cosa relativamente insignificante como el reproche o desaprobación de un jefe o una pelea en medio del tráfico.
Además, existen gran multitud de ejemplos donde este sistema nos perjudica actualmente:
El estudiante preocupado frente a un examen
A muchos nos ha pasado: Estamos ante los exámenes finales extremadamente preocupados, y eso a pesar de haber estudiado arduamente durante días. Nuestra mente no para de pensar en qué pasaría si llegáramos a suspender el examen y tuviéramos que repetir el curso…
Entonces nos entregan el examen y nos dicen que tenemos solamente una hora y media para terminarlo… Y en ese preciso momento… ¡PUM! El estrés se dispara y la angustia provoca que tu mente se quede en blanco, tu cerebro no funciona bien y la memoria se esfuma. El tiempo va pasando y se aproxima el momento de entregar el examen, el estrés aumenta hasta el límite y las cosas van a aún peor.
El examen finalmente termina.
Después de unos minutos de haberlo entregado tu cuerpo se empieza a relajar y, de repente, casi por arte de magia, en tu mente empiezan a aparecer las respuestas que habían permanecido olvidadas durante todo el momento de tensión. ¡Maldición!
¿A qué crees que se debe todo esto?
Sin duda, en este momento, se activó el sistema de lucha o huida en el estudiante mientras hacía el examen, equiparando la gran preocupación de suspender el examen con un peligro de muerte. En ese preciso momento el cuerpo se puso tenso, el corazón empezó a latir más rápido y los pulmones aumentaron su frecuencia respiratoria. Además, también se terminaron apagando las funciones no indispensables para la lucha imaginaria que el cuerpo pensó que ibas a tener, tales como la memoria y el razonamiento lógico que tanto te hubiera servido para tener éxito en el examen. En esos momentos el instinto animal del cuerpo te pedía salir corriendo, escapar y/o luchar, pero no permanecer allí quieto haciendo el examen.

Como hemos comentado, esta situación es más normal de lo que creemos, y puede ocurrir en un sinfín de situaciones diarias, tales como cuando alguien siente peligrar su puesto de trabajo, tiene problemas con su pareja o en situaciones cotidianas similares.
Entonces, sabiendo esto, nos queda claro que es indispensable que nuestra mente aprenda a separar los peligros de muerte reales de los que son imaginarios para así poder actuar según más nos convenga en cada situación.
TRUCO:
Cuando tengas un problema o estés muy preocupado por algo, pregúntate: ¿Esta situación por la que estoy tan preocupado y por la que me siento tan mal me puede llegar a provocar una muerte de manera inmediata?
Si la respuesta es sí… ¡EMPIEZA A CORRER! Tal vez, te está a punto de atropellar un camión, ¡o de comerte un cocodrilo!
Si la respuesta es que no, entonces relájate… La situación no es tan grave como parece. Esta sensación de estrés que estás sintiendo ahora es solamente un fallo en nuestro sistema, el cual solo debería activarse ante peligros de muerte reales.
Entonces intenta ver el problema realmente como es, afróntalo con tranquilidad, observa de qué manera se puede resolver, ponte en acción y disfrútalo, total, no te va a matar.
Enfrentando una preocupación: Como actúan los triunfadores.
Varios estudios han demostrado que todos los humanos reaccionamos de una manera muy similar ante un peligro o amenaza potencial, ya sean verdaderas o ficticias.
NUESTRO CUERPO SE PONE EN MODO ALERTA y allí es cuando empezamos a sentir esa típica sensación de miedo y angustia en lo más profundo de nuestras entrañas.
Imagínate que llega a tus oídos el rumor de que están a punto de despedirte del trabajo, o que un profesor te dice que has suspendido dos asignaturas y vas a repetir curso, o que te llega una carta del banco diciéndote que en dos meses te van a desahuciar por falta del pago de tu hipoteca o, por el contrario, te informan que alguien de tu familia cercana ha tenido un grave accidente…
¿Cómo te sentirías?
Déjame adivinar, PREOCUPADO, ANGUSTIADO, en definitiva: FATAL. Pero ten una cosa clara. Estos sentimientos no los tienes porque seas débil, cobarde, un fracasado, o por falta de valentía.

Porque adivina qué:
Esa misma sensación la tienen absolutamente todos los seres humanos: Desde el más seguro hasta el más cobarde y asustadizo.
¿Y sabes por qué?
La amígdala
Tal y como explica perfectamente Daniel Goleman en su libro de inteligencia emocional, cuando nuestros sentidos detectan una amenaza grave, esta información, antes de pasar por la parte más reciente de nuestro cerebro «nuestro cerebro racional», primero pasa por el centro de emergencia de nuestro sistema nervioso, la amígdala, la cual, al detectar el peligro, activa directamente el mecanismo de lucha y/o huida que pone en marcha todo el sistema del que ya henos hablado.
Lo más asombroso del caso es que esta alarma se activa incluso antes de que nosotros podamos haber razonado conscientemente sobre el peligro ni sepamos exactamente cuál es su nivel de gravedad real.
Por eso, por muy seguro de ti mismo que seas e independientemente de los peligros a los cuales ya te hayas enfrentado en el pasado, siempre tendremos algún susto o preocupación inicial incontrolable, la cual podría durar desde una fracción de segundo hasta horas, días e incluso semanas o meses.

Una vez que la amígdala haya mandado la señal de alerta al cuerpo y este haya reaccionado, la información seguirá fluyendo hasta llegar al neocórtex o neocorteza. En ese momento será cuando ya conscientemente podamos analizar la información con calma y reflexionar si el peligro es lo suficiente grande como para que permanezcamos asustados y en alerta o, si en verdad, no se trataba de un problema grave y ya no hace falta preocuparse más.
No es lo mismo que alguien te asuste escondiéndose detrás de una puerta para hacerte la broma, o que te encuentres un león que se te ha colado por la puerta de atrás.
Como ya sabemos, todo esto sucede de esta manera porque durante la prehistoria se necesitaba actuar rápidamente ante los peligros. Cuanto te enfrentabas a una situación de vida o muerte no había tiempo para reflexionar, se tenía que actuar al instante, y la amígdala, sin duda, era un mecanismo que te permitía prepararte y saltar a la acción de manera prácticamente inmediata.
El truco del éxito, cómo vencer a las preocupaciones rápidamente
Lo que hemos visto y aprendido hasta ahora es que todos sentimos miedos e inseguridades imposibles de parar debido a que la amígdala se activa automáticamente antes incluso de que la información llegue a nuestro cerebro racional.
Ahora imagínate a una persona que admires, alguien con nervios de acero y al que nada le preocupa, en definitiva un personaje que crees que se encuentra a otro nivel.
Aunque te parezca difícil de creer, esa persona también puede llegar a sentirse igual de nervioso, miedoso o inseguro que tú ante situaciones complicadas, tales como durante una presentación frente a un gran auditorio, una importante reunión o delante de un perro rabioso que está a punto de morderlo.
Sin embargo, algo interesante de este tipo de gente es que tienen algo que hacen diferente a nosotros… ¡Le ponen un stop a la preocupación!
Pon límites a tu preocupación
Aunque el miedo, la inseguridad y la preocupación inicial que sentimos después de haber detectado un peligro real o imaginario no se puede evitar, hay algo que sí está bajo nuestro control: el tiempo que va a durar esta sensación de nerviosismo y preocupación una vez se activa.
Tan pronto como te vuelvas consciente de la emoción (lo cual significará que ya ha llegado la información a tu cerebro racional), serás completamente capaz de tomar el control, de decidir cuando quieres que este sentimiento finalice.

Y esta es la gran diferencia entre las personas comunes y las que parecen estar por encima de nosotros.
La gente que tiene éxito generalmente logra que las preocupaciones les duren solo una fracción de segundo.
Una vez que la información que dice que estamos preocupados llega a su neocórtex, ellos se dicen internamente:
¿Esto es algo que de verdad me debería preocupar?
Si la respuesta es no, la olvidan, sin más.
En caso de que la respuesta es sí, hacen todo lo posible para solucionarlo teniendo en cuenta el nivel de gravedad. Si no pueden resolverlo, lo olvidan y pasan a lo siguiente.
Como decía un gran sabio: Si no se puede resolver, ¿por qué me preocupo? Si, por lo contrario, sí se puede resolver ¿por qué me preocupo igualmente?
Por desgracia, para la gran mayoría de personas las cosas son muy diferentes, ya que después de que se les active la alarma siguen con el miedo y la preocupación que les ha causado la información recibida. Lo peor del tema es que este sentimiento de mal estar puede durar horas, días, semanas e incluso meses, por lo que quedan permanentemente preocupadas e incapacitadas durante todo este tiempo.
El cuerpo se mantiene en el sistema de lucha y huida, el cerebro funciona a medio gas, el sistema inmunitario se bloquea y todo empieza a funcionar de manera deficiente. Una triste situación que un gran número de personas vive, y más teniendo en cuenta que tenían al alcance de su mano la opción de eliminar la preocupación.
Porque recuerda.
Las preocupaciones son un mecanismo de defensa con el objetivo de protegerte de un PELIGRO DE MUERTE REAL. Si el problema que te causó la preocupación no te puede MATAR, olvídate de ella de inmediato y actúa desde la tranquilidad.
¿SI EL PROBLEMA NO TE PUEDE MATAR, PARA QUÉ TE VAS A PREOCUPAR?
